VIAJE AL CERRO DE PASCO, COMENTADO POR FEDERICO GERSTÄCKER EN 1861

Federico Gerstäcker (1816-1872) fue el personaje extraordinario de sus propias novelas, en su adolescencia soñó con las vastas regiones de América, en su mocedad viajó extensamente por este continente y en sus años de madurez devino un novelista, que con ambientes principalmente americanos, ganó la adhesión y el entusiasmo de grandes públicos alemanes, y sus libros de viajes y de ficción llegaron a constituir los grandes best-sellers de la Alemania guillermina de la segunda mitad del siglo XIX.

El relato de Gerstäcker dedicado al Perú es el más extenso dentro de su libro de impresiones sudamericanas, y contiene unas 200 páginas, repartidas en 21 capítulos que una de ellas, la dedica al Cerro de Pasco, no obstante la época desfavorable de lluvias y los malos augurios de las autoridades y conocedores del país en cuanto a la factibilidad del viaje, Gerstäcker no desmayo en su empeño y salió de Lima, con destino al interior del país, a fines de diciembre de 1860, siguiendo la ruta del valle de Chillón, Macas, Obrajillo, Huayllay y Cerro de Pasco.

Llegando a inicios de febrero de 1861; ya en su llegada al Cerro de Pasco, encuentra algunos alemanes ocupados como operarios de las minas, un relojero, un joyero y un médico establecidos en la ciudad, llegados años antes con el primer grupo de inmigrantes desintegrado en gran parte y del que sólo llegó a establecerse en zonas agrícolas un mínimo número, pues la mayoría buscó ocupación artesanal en diversas localidades en donde hallaron buena acogida y más prósperas perspectivas, describe las características del trabajo y la producción minera.

Y no omite su acostumbrada visita al cementerio y al mercado, igual que en Lima y en otras ciudades, en donde encuentra un valioso filón de observaciones acerca de las costumbres de habitantes.

Uno de los objetivos de Gerstäcker a su llegada al Perú, fue también conocer la colonia alemana de Pozuzo, de la que tanto se hablaba en Alemania.

Mi próxima meta, Cerro de Pasco, la famosa ciudad de la plata y asimismo la más alta del mundo, y no Quito como había considerado antes erróneamente, está a 5,000 pies más alto que esta última ciudad, o sea como a 14,500 pies sobre la superficie del mar y ya en la vertiente del Amazonas, en dirección noreste de Lima.

Llegue a Huayllay, después de haber pasado por Canta, algo así como a las tres o cuatro de la tarde y como hasta Cerro de Pasco me quedaban todavía ocho leguas, decidí pasar allí la noche. Debía haber algún buen tambo en el lugar pero pregunté en vano dónde pasar la noche; en vano solicité en algunas casas decentes del pueblo que me dieran un «cuarto». Nadie quería hospedar al extranjero, y la respuesta que escuchaba era: «no hay cuarto».

Si yo hubiese sido un joven y tímido viajero, habría tenido que pasar la noche al aire libre, lo que de ninguna manera es agradable, pues una hora más tarde comenzó a granizar con fuerza y en la noche heló terriblemente.

Había visto bastantes cosas de la raza americana para saber la forma de tratarla; y como había dado una vuelta a caballo sin poder encontrar albergue para la noche, me fui a caballo a la mejor casa de la ciudad.

Bajé sencillamente del caballo, quité la cincha de la montura y la llevó al interior de la casa, puse mi escopeta en un rincón y le expliqué al propietario, que antes se me había mostrado bastante rudo, que yo era solo.

Pareció que él encontró todo esto correcto, y nada se dijo respecto a mi anterior petición, siendo el hombre, desde ese momento, tan afectuoso como le fue posible. Hasta llegué a obtener algo muy raro: alguna avena para mi mula y también maíz, ya que afuera, en el prado, no se podía encontrar nada.

Además, encontré una tienda, en la que pude comprar una vela, pan y una lata de sardinas en aceite. Llevaba conmigo chocolate y un poco de cognac; y si el lector quiere saber para qué hacia estos preparativos a lo Lúculo en un lugar tan desértico, tendría que decirle simplemente que era la noche de San Silvestre, la cual debía festejar en ese lugar, completamente solitario. Quise naturalmente festejarlo y prepararme por lo menos un grog, para beber y brindar por mis amigos, en dicha ocasión…

Desde aquí hasta Cerro de Pasco, el camino conducía únicamente a través de una extensa pampa, una meseta casi ininterrumpida, por la que la mula podía caminar vivamente.

A pesar de que hacía tiempo había comenzado la estación de las lluvias, yo había permanecido felizmente indemne. Los ríos que cruzaban por esa llanura estaban tan bajos aún que pude atravesarlos todos por sus diferentes vados.

Grandemente notable es el paisaje que rodea al viajero en cuanto deja tras de sí la estrecha quebrada, en donde está Huayllay.

La pampa se abre ante él, retrocediendo a su derecha y a su izquierda cada vez más las no muy elevadas cumbres de los cerros. Los constituyen las piedras de formas más extraordinarias, las cuales, en conjunto, parecen haber sido talladas, como si hubiesen sido colocadas por capas, una sobre otra, cuidadosamente, por las manos del hombre.

Además el Cerro no es completamente de roca, sino de hierbas, de las cuales parecen surgir las piedras. ¡Y qué extraños grupos forman ellas!… Aquí asciende una columna aislada, como de sesenta y hasta ochenta pies de altura, completamente solitaria; más allá hay cuatro o cinco bloques de roca que adquieren la apariencia de una figura humana gigantesca, la más alejada de las cuales lleva puesto un sombrero; pudiéndose componer a base de estas desgarradas formas y figuras, mediante una fantasía vivaz, toda suerte de fabulosos endriagos.

¡No se debe aplazar nada en el mundo! Cuando pasé al lado de esto, traté de dibujar un par de los más extraños grupos, pero lo aplacé para mi regreso, más cuando volví por allí, estaba lloviendo justamente en ese sitio, así lo quiso el cielo, no teniendo yo otra cosa que hacer que entrar nuevamente en Hualyoj.

Encontré un pequeño grupo de viajeros, que también venían de Lima y querían seguir a Cerro de Pasco. Era un comerciante de esta ciudad, acompañado de su joven mujer, un chico como de cinco años, en la delantera de la montura y un señor de más edad, que acompañaba a ella, posiblemente el suegro.

También encontramos allí una multitud de arrieros y conductores de llamas, pues Cerro de Pasco no es una ciudad insignificante, la cual, además no produce nada por sí misma, de manera que todo, hasta lo último, tiene que ser traído de los alrededores.

Sólo plata, con la que se paga, reside en el seno de esta tierra, habiéndose establecido los hombres en esta frígida soledad con el fin de extraerla.

Pasco era la antigua ciudad de la mina, alejada algo así como tres leguas del actual Cerro, pero las minas se agotaron allí, habiéndose trasladado casi todos los habitantes de Pasco hacia las minas más ricas de Cerro, donde constituyeron sus hogares.

Como originalmente Cerro vino de Pasco, llamaron a la ciudad tal como frecuentemente lo hacen en nuestro país los escritores, Cerro de Pasco.

Así sigue viviendo Pasco; y nosotros pudimos verla sobre una ladera seca y pelada. Verdad es que son muy pocos los habitantes que allí permanecen más por una antigua costumbre que por una efectiva necesidad. Ni comercio ni industrias florecen en la ciudad madre a la que ha sobrepasado en mucho la ciudad de Cerro, rica en plata y ennoblecida.

Vimos también hacia abajo un par de haciendas; pero los propietarios de las mismas tuvieron que limitarse a la ganadería, ya que todos los frutos del campo son malogrados por el hielo nocturno, que cae en toda época del año.

En estas alturas, ni el verano ni el invierno tienen, como es natural, ninguna influencia, de modo que cuando el sol está en el cenit, parece que es más cálido el día y que fluye más agua de la nieve que se derrite en las montañas, pero el aire sigue siendo frío y delgado, estando siempre las noches a merced de los hielos y del rocío.

Tuvimos una vista maravillosa en esta alta llanura, cuando se levantó la niebla, a mediodía, de los llanos en que se recostaba, contemplé el panorama más hermoso de los nevados que nos rodeaban.

Algo que es difícil imaginar en el mundo. Estas cumbres cubiertas de nieve, no aparecían desde donde nos encontrábamos muy elevadas, pues la llanura misma está a 14.000 pies de altura sobre el nivel del mar.

Mas aquello se extendía como un blanco cinturón dentellado en torno nuestro, desperezándose las gargantas de las montañas entre las nubes, en torno de cuyas afiladas puntas flotaba una niebla semejante a un velo.

No parece existir volcanes en actividad, por lo menos no pude reconocer en ninguna parte las columnas de humo, que en el Ecuador cubren muchos campos nevados.

La pampa forma aquí algo así como un caldero rodeado de poderosas vertientes, el cual debe tener de contorno unas cuatro leguas, teniendo al centro una laguna. Todas las aguas que se escurren desde aquí van a alimentar la corriente del Amazonas y corren por ella hasta el Océano Atlántico.

El camino se extiende hasta esta laguna, que queda a la derecha, en tanto que la ciudad de Pasco permanece en la colina de la derecha, un poco hacia la parte alta de la izquierda. Llegué más o menos a las tres de la tarde a la ciudad minera de Cerro de Pasco.

Cerro de Pasco, situada en la meseta oriental de la cordillera, puede ser la ciudad más alta del mundo, no habiéndose establecido los hombres a mayor altura donde pudieran existir que aquí: 14.500 pies sobre el nivel del mar.

Hay muchos que no pueden tolerar el aire tan ralo y tan cortante, teniendo la mayor parte de las enfermedades que se presentan en los lugares sanos, su asiento en los órganos de la respiración y en los pulmones.

Los recién llegados se quejan especialmente de dolores de cabeza y de náuseas. He tenido yo mismo esa desagradable presión en las sienes, no habiéndome librado de ella sino cuando retorné a tierra más baja.

Conservé el mejor apetito, no obstante las profecías de lo contrario, manteniéndose mi estómago en perfectas condiciones.

Sumamente característica es la visión de Cerro, cuando se llega a la cima de la más próxima colina, contemplándose toda la lejanía al pie las dos lagunas que enmarcan la ciudad.

Desde allí no se puede reconocer otra cosa que los tejados de un rojo oscuro de las tejas, tejados unidos unos a otros, así como los muros grises de las casas hechos de adobe.

A la izquierda de la ciudad, y separada de ella por una laguna brillantísima, un edificio limpio y regular, que es el Lavadero de la plata, movido a vapor, y los depósitos redondos, alineados a cordel, en los que la tierra molida y conteniendo plata, es pisoteada por caballos hasta convertirla en una especie de papilla.

El conjunto está rodeado por peladas y grises montañas, en las que se ve de vez en cuando ocupados a los trabajadores de la mina. De esta manera, Cerro está en una verdadera caldera de rico mineral, y hasta sus paredes están construidas con lo más rico, de suerte que hasta en medio de las casas se puede encontrar las bocaminas de antiguos socavones.

La mayor parte de éstos, cualquiera que fuere su riqueza, está ahogada, no habiéndose podido reunir dinero suficiente como para poner o instalar una maquinaria a vapor, a fin de sacarles el agua y dejarlos libres.

Cerro de Pasco debe a estas minas su existencia, pues los primeros trabajadores se establecieron naturalmente muy cerca de su centro de trabajo, mientras nuevos inmigrantes eran atraídos por los nuevos y ricos tesoros descubiertos, con los que la plaza iba agrandándose.

La ciudad cuenta ahora con 12 a 15 mil habitantes, estando todas las casas provistas de todo el lujo europeo, a pesar de que cuanto poseen tiene que ser transportado a lomo de mula.

Se han establecido allí toda clase de artesanos, contándose entre ellos muchos alemanes. Aquí se ha instalado, asimismo, un médico alemán, así como un relojero alemán y un joyero, y por lo que he podido saber, la vida de sociedad transcurre alegre y activamente.

Como en todas partes, allí están también los alemanes divididos en diversos partidos, los que no se pueden ver unos a otros. Es posible que hayan obrado así para no calumniar a su carácter nacional, quizá también hayan obedecido a otras razones.

En todo caso he comprobado lo que, en muchas otras tierras extranjeras, en las que encontré a los alemanes divididos y separados. Tomados individualmente todos son buena gente, honesta, pero cualquier malentendido, da lugar a provocaciones, rencilleros y oletones se ven en todas partes, los cuales, de una palabra dicha a la ligera y entendida por ellos a su manera, hacen un escándalo porque la difunden distorsionada, haciendo la ruptura inevitable, después de que ambas partes se han insultado y maltratado. Cada cual cree tener la razón, nadie quiere dar un paso hacia la reconciliación que cada cual la considera imposible, de suerte que la enemistad se vuelve irremediable.

La región de Cerro de Pasco produce, como ya lo hemos mencionado, nada más que un pasto muy precario y plata. Todo lo demás, desde la papa que constituye su diario alimento, hasta el piano, que el aborigen considera con admiración, es transportado a lomo de mula a estas inhóspitas alturas.

A pesar de esto, el mercado de Cerro está provisto no sólo de los frutos de la zona templada, sino también de muchos de la zona cálida, estando junto al plátano y la piña, la naranja y el limón, los racimos de uvas, los higos y los membrillos; y hay sacos con habas y garbanzos, cebollas y maíz, y cantidades de papas de los valles próximos.

Es difícil, empero llegar a cocinar bien las menestras. Hasta llegamos a intentar la cocción de grandes habas en un caldero, pero en vano. Estuvieron hirviendo desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y a esta hora las habas seguían tan duras como a las ocho de la mañana. También es difícil cocinar los huevos, por lo que deben hervir mucho tiempo.

Los nativos preparan un plato muy característico, al cual no le encontramos ningún sabor los europeos. Se trata de las papas heladas, que son expresamente expuestas al hielo hasta que se vuelven completamente acuosas, luego se les presiona y quita el agua todo lo que se pueda, con lo que se reducen solamente a su parte feculenta y así es como las comen, cocidas o asadas, y con gran apetito.

Esta manera de preparar suena al comienzo razonablemente ya que propiamente se deja helar sólo la parte acuosa de la papa, haciendo que permanezca lo mejor y harinoso. Esta es una de las innumerables teorías, que no resisten a la práctica y cuando la gente come estas papas y las encuentra excelentes tampoco prueba nada en el sentido de que son realmente muy buenas, sino que el pueblo tiene un pobrísimo y lamentable paladar, sobre el cual no se puede discutir.

Por lo demás Cerro no está construido como las demás ciudades de la costa, todas las cuales están ordenadas en cuadrados regulares, sino que las casas son levantadas según las necesidades de una nueva habitación. Es por ello que las calles todas se encuentran unidas por pequeños y estrechos pasajes corriendo sin orden ni concierto en todas, direcciones; y que no existe un verdadero mercado en la misma ciudad porque se pensó solamente en un mercado cuando la población ya estaba lista y la gente necesitaba aprovisionamientos.

Es por esto que la ciudad tiene la apariencia de haber sido vaciada por equivocación de una talega en la colina, sobre la cual se encuentra ahora y cuyas entrañas hubiesen sido revueltas y hozadas por un pueblo ávido, en todas direcciones.

Las casas no están edificadas en absoluto en el acostumbrado estilo español o sudamericano las que, con sus espaciosos y cómodos patios, hubiesen quitado mucho espacio al terreno de la plata.

El patio es estrecho, limitado y sucio, puesto que la lluvia y la nieve son acontecimientos de todos los días, los cuartos son bajos, pero calientes con estufas o chimeneas y las habitaciones se acomodan, dondequiera que uno esté en el Perú, al clima.

Por felicidad se encontró en los cerros un carbón de piedra bastante bueno y utilizable, sin el cual, Cerro no hubiera podido subsistir, ya que en muchas leguas a la redonda no crecen árboles, y sólo en algunos valles profundos. No pudiéndose tampoco hallar la turba en cantidad como para satisfacer las necesidades del lugar.

Así como a una isla en alta mar sólo se puede llegar por barcos o por botes, a Cerro de Pasco se llega sólo con mulas o con llamas, a las que no sólo se les encuentra en los caminos, sino hasta en las mismas callejuelas de la ciudad, por centenares.

Las mulas y los asnos están también acostumbrados a caminar por Cerro, como si estuvieran en su casa y pertenecieran originalmente a esta ciudad. Durante horas permanecen paradas solas e inadvertidas en las esquinas de las calles, en espera de su carga o de su arriero sin preocuparse de su vida y sus afanes.

Algo totalmente distinto ocurre con las llamas, las que por mucho que parezcan tan mansas y buenas, han conservado algo de su original naturaleza salvaje.

Cuando caminan en tropas de doscientas o trescientas, atravesando, pegadas unas a otras, por las estrechas callejas, vuelven la linda cabeza con su alargado cuello, ya hacia este o hacia el otro lado, no dejándose tocar o acariciar jamás por un extraño. Espantadas, se alejan a un lado, esquivando hasta una mula que rompe sus filas, tan tímidas, que no quisieran ser rozadas.

No son, por otra parte, muy valiosas para el transporte de carga, ya que el máximo de peso que soportan es de 3 arrobas a 80 libras; y si se les carga con más, se echan sencillamente en el suelo y no caminan más. Si hubiese necesidad de alimentarlas como a las mulas, nunca devolverían el costo de su alimentación; más como su sustento cuesta un mínimo, se nutren y satisfacen con el indispensable forraje, de suerte que cualquier rendimiento que tengan, es ganancia.

En Cerro son utilizadas unas veces para transportar desde los valles calientes, forraje fresco para los usos de la ciudad, otras veces para cargar el metal hasta los lavaderos. En el camino de Lima a Cerro, no he visto nunca, ni una sola vez, llamas cargadas.

Hubo algo que me llamó la atención en Cerro y fue el atuendo de los aborígenes e indios, los que con sus puntiagudos sombreros, hubieran podido equipararse a los tiroleses.

Llevan chaquetas cortas, de paño negro, cortos pantalones hasta la rodilla, y a veces hasta encima de ella, medias grises de lana que les cubren hasta la pantorrilla y a partir de los tobillos, y en vez de los pesados zapatos tiroleses de montaña, llenos de clavos, una especie de sandalias de cuero sin curtir, que se sujetan por medio de correas del mismo cuero, y que pasan sobre los dedos y los talones.

Muchos de ellos llevan también sombreros de fieltro, y si no fuese por el color café oscuro que tienen, se les podría tomar por buenas imitaciones de los tiroleses.

No poco contribuye en ello el contorno formado por nevadas sierras, que viene a aumentar la alucinación. Es así como dos naciones, en dos distintas partes del mundo, sabiendo difícilmente algo una de otra, han escogido el mismo atuendo, que está de acuerdo con sus necesidades; y si estos arrieros tostados por el sol, hubiesen tenido bajo el brazo el inevitable paraguas tirolés, el «rojo o verde claro tejado para la lluvia» ni el color oscuro de la piel sería un impedimento para confundirlos.

Estos mozos desprecian el paraguas, y cuando llueve, el poncho que se ponen transforma rápidamente al tirolés en el peruano.

Otra de las diferencias consiste en la forma de llevar la carga. El tirolés tiene su «bergsak» (una especie de alforja en la espalda N. T.) o el «Kraxen», ambos con correas para las axilas. Carga él, únicamente con los hombros, manteniendo por eso libres la cabeza y el pecho. En cambio, el habitante de las montañas peruanas, carga solamente sobre la cabeza (el único trabajo que realiza con la cabeza) lo que resulta muy esforzado. Lo que tienen que llevar lo envuelven en el poncho y amarrando dos de las esquinas del mismo, las hacen pasar por delante de la frente, con lo que el peso se apoya detrás de los hombros, sobre la espalda.

Mucho más prácticos son en esto los ecuatorianos, quienes tejen cestas para carga, asegurándola con dos anchas tiras de fibras vegetales de tal modo que les ofrezca por ambos lados agarraderas para las axilas, sujetándolas siempre por delante de la frente. Así, dividen ellos el peso entre los hombros y la cabeza, con lo que aligeran en cierto modo la carga.

Ninguno de estos hombres camina una distancia más o menos grande sin llevar consigo su coca, la que al peruano le debe parecer lo que al hindú su betel o su sirih. La coca es una planta de tamaño pequeño, que tiene hojas que no se diferencian mucho de las del arbusto del té.

El sabor de la misma es también semejante al del té y con una infusión de agua hirviendo se prepara un té excelente fuerte y sabroso, el que me supo mucho más agradable y más consistente que el mismo té chino.

Ellos no lo utilizan en esta forma, o por lo menos muy rara vez. Más bien suelen meterse a la boca un puñado de estas hojas secas y luego las van mascando gustosamente todo el tiempo que pueden, hasta que sólo les queda los tallitos y fibras de las hojas.

A fin de reforzar el sabor llevan consigo una calabacita de alargado cuello, la cual está llena de cal. En la tapa de la calabaza hay una lengüetita que va hasta el fondo, tal como la agujeta que suele haber en un polvorín. Esta lengüeta sirve para sacar adherida a ella un poco de cal, la cual es lamida por ellos en cuanto tienen la boca llena de coca. En esta forma pueden estar sentados horas enteras, mascando su coca, sacudiendo la calabacita y lamiendo la lengüeta; y hasta cuando están en camino apelan a este «refrescante», con gran frecuencia.

Se afirma que la coca posee algo vivificante y fortificante; que disipa el hambre y la sed y comunica a los miembros una nueva elasticidad. Tal es lo que dice la gente, pero yo no lo sé, porque no he descubierto en ellos semejantes propiedades milagrosas.

Al trepar los salvajes y tremendos cerros, llegué a mascar la coca como un indio, pero me sentí después de ello hambriento, sediento y cansado, a punto tal que no podía mover un pie después del otro.

Tomado como té, en cambio, no le niego mi confianza. Creo, además, que podría ser utilizado con ventaja en Alemania, si el Perú tuviera siquiera caminos convenientes que le permitiesen enviar las hojas a precios relativamente aceptables. Por eso cuesta la arroba de coca 23 libras, 5 pesos en el interior, y en Cerro cuesta 15 pesos la arroba, lo que significa dos veces más por flete en relación al precio original.

Cerro de Pasco es, como ya lo hemos dicho antes, famoso a causa de sus ricas minas de plata, considerándose la ciudad como las más ricas.

En parte, estas minas están agotadas, en parte anegadas, de manera que no se podría emprender algo nuevamente allí, hasta que no se pueda encontrar la manera de extraerles el agua económicamente, por medio de máquinas movidas a vapor.

Lo que puede darnos una idea aproximada de lo que podría costar una máquina de esas en Cerro de Pasco, es considerar el que cada una de las piezas tendría que ser transportada a lomo de mula 48 leguas, teniendo en cuenta que ninguna de las mulas puede cargar, en promedio, más de 280 o 300 libras.

Cuántas piezas contiene una máquina, cuántas cargas habría que pagar, ninguna de las cuales valdría menos de 20 pesos, hasta que el todo haya llegado y haya sido armado en el lugar… Hasta ahora sólo existe una máquina a vapor en Cerro de Pasco en poder de una firma inglesa Naylor y Conroy, que es la que tiene el más importante lavadero de plata. La máquina ha debido costar una enormidad de dinero. El producto debe de ser excelente como para cubrir los intereses.

Ahora se ha establecido en Cerro de Pasco un herrero alemán, un hombre circunspecto, que compone calderos, aligerando de este modo el desgaste de las máquinas.

Resulta singular, por otra parte, en Cerro de Pasco descubrir de repente en la ciudad, o en casas reconstruidas, pozos o socavones en el cerro, en torno de los cuales se ha levantado solamente una pared de protección. Como las minas más próximas están trabajadas o a punto de ser explotadas, los mineros comienzan a buscar en los alrededores de los cerros y así es como de pronto resuenan el martillo y la palanca en todas las alturas vecinas.

Se ha sacado plata de estas minas, en cantidades extraordinarias, aunque han sido trabajadas en forma primitiva. Es altamente interesante ver cuánto trabajo representa separar la plata misma de la piedra o de los minerales comunes con los cuales está confundida.

Finalmente, es fundida en anchos y gruesos lingotes que cada uno pesa de 130 a 150 libras, dos de las cuales componen una carga para una mula.

Casi todas estas minas son de propiedad privada, y por lo que alcanzo a saber, sigue en vigencia todavía en América del Sur la ley de minas española o mexicana, que fue dada con el objeto de favorecer la explotación de las minas y estimular a la gente a buscarlas.

Se da a los que las descubren todas las facilidades posibles. Allí donde encuentran una mina, el propietario eventual de esa tierra debe darla en venta y no precisamente al precio que debería tener por ser mina, sino al precio de antes en el Perú, de cerros desolados casi de balde.

Aparte de esto, los propietarios de las haciendas vecinas tienen que proporcionar al denunciante, madera -si hay en ella- y agua, en cantidades que éste requiera a un precio conveniente y estipulado; y si la mina es rica, puede él sacar provecho de ella, sin tener que temer que su trabajo pueda fracasar por pequeños inconvenientes o chicanerías.

A su debido tiempo, los lingotes son fundidos en Cerro, y llevados luego a Lima en un transporte común, debidamente custodiado por suficiente fuerza militar.

Los caminos en esta bendita tierra son en verdad tan inseguros, que no se puede correr el riesgo de enviar lingotes sueltos con un arriero.

A esta escolta se unen después, no raras veces, otros viajeros, formando una tan respetable tropa, que la gentuza no se atrevería a ponerle alguna dificultad en el camino. Al menos, no existe ningún ejemplo, de que una escolta semejante haya sido atacada con éxito alguna vez.

El producto de la plata fue registrado en el último informe del gobierno peruano, esto es en el año 1859, en

Plata acuñada 246650

Plata exportada en lingotes 2103350

2350000.

El producto efectivo ha debido ser mucho más importante y bastante superior a los tres millones. Pero al público no se le puede revelar todos los secretos; muchos soldados cuestan también mucho dinero y los balances deben ser correctos, si no se quiere que los comerciantes hagan sobre ello un ruido infernal.

El mismo Cerro de Pasco no obtiene ninguna utilidad especial de ello. Hasta este camino tan principal deja mucho que desear, realmente, es a lo sumo, una simple y brusca senda para mulas, con infinitas dificultades, que desde hace años habrían podido ser eliminadas completamente, si sólo una pequeñísima parte de la plata que los pobres animales tienen que acarrear al valle, se quisiera emplear en ello.

Hasta se habla de extender un ferrocarril a Cerro, lo que de ninguna manera sería imposible. Se habla de ello, evidentemente.

Un nuevo Presidente electo o una nueva revolución, de la cual sacarían los militares su tajada del costo total, mantiene en constante ansiedad y excitación, en tanto que el mejoramiento del interior del Perú, que levantaría al país y es lo único que le puede asegurar un porvenir, es constantemente postergado. Son cosas que sólo han prometido al país.

En Cerro hay una cantidad de gente rica y pudiente, que debe su dinero exclusivamente a las minas. Tales minas son, no obstante, un negocio inseguro y peligroso, considerando que su producto se asienta no sobre una sólida evaluación, sino sobre las grandemente inciertas y misteriosas vetas de metal que invisiblemente se deslizan por el tuétano del cerro.

Pueden ellas, sin que nadie lo sepa, ocultar aún inagotable riqueza y en cada vara mostrarse más fecundas, pero también pueden convertirse a cada braza en piedra insignificante, haciendo qué al propietario de la mina, que quién sabe si ha invertido todo su capital en la esperanza de hallarlo, se le deshaga su ansiada dicha en la mano que acaba de extender.

Eso tiene una semejanza con el juego de azar, y es, por sus parciales éxitos, tan peligroso y contagioso como el juego de azar. Es por ello que en ninguna parte encontramos tan rápido e intempestivo cambio de la riqueza a la pobreza -y no pocas también, pero raras, a la inversa- como en estas ciudades mineras, especialmente cuando el posible éxito está fundado en metales preciosos como el oro y la plata.

A pesar de ello, Cerro de Pasco es una ciudad bastante rica y animada, el pequeño capital está también en este mundo para ayudar a crecer al grande, así como el modesto hilo de agua no acoge al río, sino que hace crecer a éste.

Es así cómo se consume anualmente en Cerro una enormidad de champaña, cherry y coñac. En todas las fondas hay billares, en tanto que los pacientes mulos cargan sobre sus lomos toda suerte de objetos de lujo hacia la gran ciudad para esa insaciable población humana.

Los más dinámicos elementos de Cerro, entre todos los demás, son los italianos, quienes aquí, como en Lima, han convertido todas las esquinas de la ciudad en cafeterías y pulperías o negocios de abarrotes. Por todas partes ofrecen bebidas, panaderías, puestos de tabaco, dulcerías y otros mil objetos, en los que no piensan otros hombres, y saben adornar las paredes con litografías francesas, buenas en parte, desagradables otras, referentes a las batallas recientemente libradas.

Se ven incluso esos papeles pintados, bonitamente pintados, con humo de pólvora en el medio, una fila de pantalones rojos a la izquierda y blancos uniformes a la derecha, matizados con balas de cañón en el paisaje, como si apenas dos semanas no hubiese llovido otra cosa que balas de cañón de tres pies, en término medio. Este es el más barato y también el más lucrativo patriotismo.

Cerro realiza un comercio muy importante con el interior del país, pudiendo ser considerado como el almacén de todas aquellas haciendas que se encuentran dentro de una circunferencia de 50 leguas en la vertiente oriental de la cordillera.

Todos los objetos europeos o norteamericanos imaginables, se encuentran en sus depósitos, siendo comprados a los vendedores al por menor de Cerro, por otros vendedores al por menor, los que se consideran maltratados por la suerte, cuando por cada uno de los artículos no ganan el doscientos o trescientos por ciento.

Los peores artículos se remiten a esta ciudad-colmena, especialmente a las tiendas de sombreros y de modas pasadas, ya que todo es bastante bueno todavía para la cordillera-.

Pero en cambio, lo más moderno y caro que se encuentra en Regentstreet en Londres, es malbarateado a precios verdaderamente risibles, en relación con lo que dichos artículos costaron allá, pese a todo uno debe estar satisfecho si puede conseguir siquiera esas mercaderías.

Del interior del país viene en cambio, coca y café, los que junto con la plata, constituyen la única carga de regreso que de vez en cuando se envía de Cerro.

El gobierno tendría que construir sólo caminos carreteros, caminos y caminos, desde Cerro a todas partes; y si llegara a extender realmente una línea férrea a este punto central del comercio del interior, podría esperarse que las propiedades rurales situadas cerca de las fuentes del río Amazonas, se valorizaran alguna vez.

Como lo he hecho donde me he encontrado, rara vez he descuidado visitar el camposanto, lugar en el que generalmente se encuentra algo nuevo e interesante, sin tener en cuenta que para mí tiene un encanto propio deambular por entre las filas calladas de los muertos, e imaginarme los extendidos y tiesos miembros que están bajo el césped y cómo éstos desaparecen en la nada, o van a adormecerse en una nueva eternidad. No descuidé esto en Cerro de Pasco, por lo cual fui ampliamente recompensado.

Llegué a tiempo para ver el entierro de un niño, lo cual, como supe más tarde, era muy frecuente porque el aire excesivamente delgado y frío no es nada tolerable por los niños de tierna edad. Aquí deben morir infinidad de criaturas.

El cementerio es sumamente pequeño para una ciudad tan populosa. Los muertos están en sus sepulturas sin ningún adorno, pues no prosperan las flores al aire libre en esa altura y sólo crece un pasto reseco en las laderas bajas.

También dejan mucho que desear los mausoleos erigidos a los muertos. Pueden haber sido apreciados de todo corazón, lo que no pongo en duda, en lo más mínimo, pero su construcción no está hecha en mármol de Carrara y tampoco con arte italiano, apareciendo más bien como si fuera un barro enjalbegado de blanco que hace tiempo ha sido arañado y golpeado hasta que ha tomado la forma de una columna o de una urna que en conjunto, parecen destinados a llevar debajo de una figura pintada con cruces negras o bolas punteadas y con dos huesos atravesados en cruz, en la parte inferior, el nombre y el día del deceso.

Mi acompañante, que ha vivido mucho tiempo en Cerro de Pasco, me refirió algo de los que habían muerto hacía poco. Uno de ellos, enterrado dos días antes, había sido uno de los más ricos propietarios de minas, quien contaba sus tesoros por millones. Como es natural, él hubiera querido tener más, pero descendió tanto, que hubo de ser mantenido por sus amigos.

Muy cerca de allí se levantaba una sencilla piedra blanca, esto es un mausoleo cuadrado, construido con barro y pintado de blanco, pero ya con sus ángulos romos y sin una inscripción siquiera. Debajo de él reposaban las dos muchachas más hermosas de la ciudad: dos muchachas que habían muerto, una después de otra, con pocos días de diferencia, habiendo sido sepultadas juntas, sin que ninguna flor pudiera adornar su lugar de reposo.

Mi atención se dirigió a un grupo que acababa de entrar en el cementerio, al que yo no habría visto quizá, si un muchacho trigueño no hubiese tocado vivamente el violín. Me volví hacia el lugar de donde provenían esos tonos no muy atractivos en momento tan oportuno, como para ver un entierro.

Una especie de mestizo iba por delante, el cual llevaba una pequeña mesa sobre la cabeza y reposando sobre la mesa el cadáver de una muchachita, de unos cuatro o cinco meses, posiblemente. Los padres eran demasiado pobres como para comprarle un ataúd, pero habían decidido ponerle un traje de seda y en torno de sus sienes, flores artificiales, en vez de las naturales que allí no habían.

Junto al cargador que llevaba la mesa, iba el hombre con su violín, en el que tocaba alegres aires de danza porque la chica fallecida en tan tierna edad, se había ido según la creencia de los sudamericanos directamente al cielo, desde donde rogaría en el trono de Dios, por sus padres.

Detrás de la comitiva seguían seis u ocho mujeres viejas y jóvenes. Busqué inútilmente reconocer entre ellas la que pudiera ser su madre, ninguna parecía estar triste y apenas hubieron traspuesto la puerta, se pusieron en cuclillas ante el cadáver de la pequeñuela, sacaron a relucir botellas de aguardiente y comenzaron a beber todas juntas, alegremente.

En el lado opuesto del cementerio, un par de hombres estaban ocupados en cavar una pequeña tumba, y allí permanecieron hasta que depositaron el cadáver.

Esto duró como una hora hasta que los hombres encontraron que la tumba era suficientemente profunda, haciendo honor entre tanto, con mucha aplicación, a una botella de aguardiente.

Por fin, todo estuvo listo y entonces se acercó el acompañamiento hacia la tumba, siempre con el tocador de violín. Depositaron sobre el suelo al borde mismo de la fosa, que apenas tenía el ancho necesario para contener el cadáver pequeño y consumido, la mesa pretendiendo los enterradores despojar al cadáver de la criatura de sus flores que eran sólo alquiladas.

El padrino de la pequeña criatura declaró, teniendo como tienen los padrinos en América del Sur, un gran rol, que él las pagaría, y es así cómo la muertecita fue colocada en su angosto lecho, teniendo bajo la cabeza únicamente una almohadita.

Advertí algo que no podía explicarme, y que mi acompañante se encargó de aclarármelo. Las mujeres rociaban con aceite el traje de seda de la criatura, en razón de lo cual salieron a relucir muchísimas manchas.

¿Por qué? Porque en Cerro de Pasco mueren muchas criaturas y la gente pobre tiene la mala costumbre de desenterrar los cadáveres que son inhumados con bonitos trajes, a fin de robarle sus adornos. Es apenas creíble, pero tiene que ser cierto, por desgracia. Por lo demás, parece que no conocen en Cerro de Pasco un desmanche.

La fosa se vuelve a llenar con tierra, e inmediatamente después, toda la comitiva se dirige hacia las botellas de aguardiente, y con ellas, hacia la casa, donde, en honor del «angelito», inician una verdadera orgía.

En el cementerio había dispersa una cantidad poco habitual de osamentas de hombres, a las que no se les toma en consideración, y más bien hasta se les pone sobre el camino. Pude contar tres calaveras diferentes y una gran cantidad de otros huesos. Una de las calaveras fue puesta sobre un mausoleo.

«Yo no sé si ésta es la misma calavera», dijo mi acompañante: «El día de Todos los Santos, cuando los católicos visitan sus cementerios, lo cual constituye una especie de fiesta, yo vine también aquí, y esa cabeza u otra como esa, aparecía de manera bastante maravillosa».

Alguien la había rodeado con un pañuelo rojo de seda amarrado debajo de la mandíbula, los pómulos habían sido pintados de un color rojo ladrillo y entre los dientes sostenía una pipa de arcilla. Tenía una terrible apariencia, pero la gente que pasaba por delante, se reía y se divertía lindamente con eso».

El tiempo, que había sido seco de repente se mostró amenazante. Comenzó a soplar el viento y en la parte noroeste se arremolinaron pesadas y negras nubes, con gran prontitud.

Tenía las trazas de ser aquello, una tempestad de nieve, de la que casi todos los días sufríamos una prueba pequeña. Es en esos momentos que pensamos en retornar a casa. Justamente cuando pasábamos por delante del camposanto, nos encontramos con otro sepelio, el cual era también un entierro de niño.

El acompañamiento parecía más regocijado que el anterior, como que el niño fallecido pertenecía a gentes más ricas, estaba echado en un ataúd pequeño forrado con paño rojo y claveteado con clavos amarillos. Delante iban tres músicos, dos de ellos con violines y el otro con un arpa, tal como se usa y toca mucho en Ecuador y Perú.

Se acompañaban con una melodía de las más vivaces y además, el arpista no iba tranquilo y circunspecto a la cabeza de la concurrencia, sino que bailaba perfectamente su melodía, unas veces hacia la derecha otras hacia la izquierda y a veces describiendo un círculo.

Hasta el hombre que llevaba sobre una mesa el ataúd, apuntaba unos «pasos» con los pies y acompañaba la música con el compás.

Detrás del pequeño ataúd, lo seguían, algo así como doce mujeres y muchachas, pero ningún hombre, éstos venían rezagados fumando su cigarrillo.

La amenazante nevasca de hacía poco rato se nos vino encima con gran aparato y el viento silbó en la desolada altura, de manera que nos apresuramos a regresar a la ciudad.

Esperemos esta lectura haya sido de su agrado, y tener conocimiento como lo miraba un gran extranjero nuestra ciudad, el gran aporte del Cerro de Pasco hacia el Perú, haciendo imaginar a cada uno de los lectores como fue nuestra ciudad en su momento acerca de nuestras costumbres y vivencias.