HALLOWEEN MINERO: EL MUQUI Y LA HOJA DE COCA

(CAMIPE Halloween Minero. A continuación, en el marco de la celebración mundial de Halloween, presentamos una historia de terror ambientada en los socavones de los Andes peruanos. La historia del Muqui y la hoja de coca.

“Yo soy minero. Toda la vida he trabajado dentro de la tierra, conozco casi todas las profundidades del país gracias a mi trabajo, porque desde joven, por la necesidad, fui empujado a ganarme la vida en este duro oficio.

Ahora, a mi edad, ya no puedo entrar en las galerías. Tengo los pulmones llenos de agua y seguramente más negros que mi alma.

Uno de mis últimos sitios de trabajo fue en la Mina El Frontón, por Morococha, cerca de Ticlio. Ganaba buen dinero.

Teníamos que hacer un socavón profundo, cerro adentro, hasta encontrar el cobre que estaba guardado en las entrañas de la tierra.

La empresa era de unos gringos suecos, y se llevaron a los más bravos de otras mineras. Yo me incluí ahí, porque en La Oroya había problemas con proveedores y con la gestión.

Yo vivía en La Oroya con mi familia, mi esposa y mis dos hijos. Tuve que dejarlos.

Allá en El Frontón se trabajaba arduamente, se perforaba a fuerza haciendo túnel. A tajo abierto se perforaba con dinamita. Ahí formábamos cuadrillas de trabajadores para hacer distintos trabajos.

La empresa de los gringos nos pagaba un sueldo básico, y para sacarnos la mugre nos ofrecía la posibilidad del “Colectivo”.

El “Colectivo” era un monto de dinero que la Minera ofrecía como un bono. Se premiaba con este pago a los que más avanzaban, a los que descubrían más vetas.

Empujados por el dinero, los mineros más valientes hallaban la forma de ingresar buscando mineral en las profundidades más grandes de la tierra.

Los estoperos, esos que se encargan de perforar el terreno, armaban de 6 a 12 cuadras en cada turno para poder hacer más entradas. Los frontoneros, que son los que van al frente, avanzaban y abrían galerías con gran rapidez, ansiosos de ver las rocas brillantes. Por último, los motoristas jalaban de 100 a 120 carros cada uno, llevando las piedras y la tierra extraída.

En mi cuadrilla trabajamos el Cholo Vilcas (hombre fuerte de Ancobamba), José Herrera (un tipo medio creído que venía de Matucana y se alucinaba limeño) y yo.

Todos nos entregábamos al trabajo hasta agotar el último sudor y ganar el bendito “Colectivo” que según la empresa, lo entregaría a la cuadrilla que mejor producción hiciera.

Pero daba la casualidad de que llegado el día del pago, todos nos mirábamos con caras largas porque al final a nadie le daban el “Colectivo”, ya que la empresa aducía que no se había llegado al objetivo. Viveza de los gringos.

Robo de bolsa de coca.

Sin embargo, la situación cambió de un día a otro. Una tarde, luego de almorzar y hacer un poco de siesta, regresé a mi posición de trabajo y descubrí que habían rebuscado mi mochila y que se habían llevado mi bolsita de coca.

Las hojas de coca, el aguardiente y el cigarro son muy valorados en el socavón, ya que nos dan fuerza y nos calientan el cuerpo para soportar la inclemencia del clima. Por eso me lamenté bastante de no encontrar la coquita que tenía para todo el mes.

Molesto, furioso, lleno de odio, pensé de inmediato en acusar a José Herrera, ese tipo creído que últimamente había empezado a llegarme a la coronilla por su tendencia a despreciar a los demás. Pensé que él se había robado mi coca. ¿Quién más?

Por si acaso le pregunté a Vilcas:

-¿Tú has rebuscado mis cosas?

-No –respondió seriamente. Comprendí que él no podía haber sido, ya que ese cholo tenía la mejor coca de todo el socavón, pues se lo mandaban de su tierra, y a veces nos regalaba un poco.

En ese instante, llegó José Herrera fumando su cigarro, cachaciento como siempre.

-Oye, José –dije–, devuélveme la coca que me has robado.

-¿Qué hablas? –respondió–. Yo no te he robado esa porquería.

-¿Entonces quién? –dije–. No voy a descansar hasta encontrar al ladrón.

Aparición del Muqui.

-A lo mejor es el Muqui –mencionó el Cholo Vilca.

-¿Qué? –dije yo.

-Puede que un Muqui esté aprovechándose de tu coca y estés con suerte, amigo Temoche –dijo Vilca.

-Huevadas –dijo José Herrera–. Eso no existe. Los pobladores han inventado esas historias del Muqui. No existe, pura fantasía.

-Bueno, si eso no existe –agregó Vilca–, debe ser una de las criaturas de la tierra, pues como saben, la tierra tiene vida propia gracias al mineral.

Nos quedamos callados, sin saber qué responder. Yo seguía molesto por la pérdida que había sufrido, pero traté de calmarme. Sin embargo, al día siguiente, me robaron mi garrafa de aguardiente.

Entonces, enfurecido y preocupado, decidí quejarme a los gringos porque no podíamos trabajar entre ladrones. No obstante, antes de hacer eso, pensé en coger al que me robaba y enfrentar mis problemas como un hombre.

Así, tome un tiempo de mi descanso y decidí espiar al ladrón. Esperé un buen rato escondido. No había nadie porque todos estaban en refrigerio.

De pronto, en plena oscuridad tan negra como boca de lobo, vi que se encendía una pequeña luz. Me asusté un poco, pero seguí ahí, mirando detrás de una roca.

Cuál no fuera mi sorpresa, o espanto, al descubrir a una criatura demoniaca, un hombre pequeñísimo, arrugado, reducido en sí mismo hasta su máxima expresión. Ese ser, vestido de minero, estaba rebuscando en mi mochila.

El minero y el Muqui.

Dejando a un lado el miedo al peligro, me armé de valor y grité:

-¡Ratero! ¡Ratero!

Noté con sorpresa que las paredes del socavón apagaban y absorbían mis gritos. El hombrecillo me dirigió una mirada tan severa y profunda que me paralizó. No pude moverme. Mi estómago dio un salto cuando vi que la criatura se comenzó a acercar a mi sitio.

-Hola, Temoche –me dijo con una voz gruesa y aterradora que no parecía pertenecer a ese cuerpito tan pequeño.

-Tranquilízate –continuó–. Si te portas bien conmigo, no te voy a hacer daño.

Por el miedo, no podía contener la tembladera de mis piernas. Menos aún, no podía echarme a correr. En ese instante de horror, vino a mi mente las leyendas e historias que había escuchado acerca del Muqui, en los que se decía que era un ser malo y despiadado, pero que también era bueno y benevolente con algunos mineros.

Lo que me tranquilizó fue que este Muqui no tenía una actitud agresiva, ya que solo me miraba y se acercaba tranquilamente. No lo aguanté más y dije:

-¿Tú eres el Muqui? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué te robas mis cosas?

-Yo no me robo nada de nadie. Yo me llevo algo y devuelvo otra cosa a cambio –dijo el Muqui.

Luego, continuó:

-Voy a ser directo: yo conozco toda tu vida, Temoche, y la de toda esta gente que han venido a buscar las riquezas en esta mina. Sé quiénes hablan mal de mí, quiénes se burlan y quiénes me maldicen. Para cada uno de estos, tengo mis planes. Yo he venido ahora a hacerte una propuesta que espero que te ojalá te guste y convenga.

Siguió:

-A mí no me gusta regalar nada, pero puedo hacer que tu cuadrilla sea la que más producción tenga, la que más cuevas abra y la que se lleve ese ansiado “Colectivo” que la empresa les ha ofrecido. Puedes hacerte rico en poco tiempo, Temoche. Pero por el favorcito que te voy a hacer, necesito algo a cambio, algo muy simple.

-A mí me gusta mucho la coquita que tú tienes, no sé de dónde la traes, pero me gusta y me ayuda a trabajar con más empeño –continuó el Muqui–. Entonces, solo te pido que cada semana me dejes una mochila de coca de esa que traes. Esto durante un año entero. Pasado el año, nuestro pacto se habrá terminado y podrás a irte a disfrutar de tus riquezas.

Eso fue lo que me dijo el Muqui con sonrisa malévola, con sus ojos que saltaban de un lado al otro. Y aunque muy dentro de mí sabía que había algo oscuro en ese pacto, le di la mano y cerré el trato.

Un pacto con el Muqui, Halloween Minero.

Al mes siguiente, la situación era otra. Era como si la tierra se hubiera hecho nuestra amiga y se dejaba penetrar con facilidad. Abríamos más túneles y recolectábamos gran cantidad de mineral para la refinería.

Como era lógico, la empresa no se pudo negar a pagar el famoso “Colectivo” y los hombres de mi cuadrilla comenzamos a ganar harto dinero.

El Cholo Vilcas mandaba todo lo que ganaba a su tierra, para que su familia sembrara en cantidad. Dicen que hasta llegó a tener una hacienda con miles de cabezas de ganado.

El creído de José Hererra cambió para bien. El dinero lo ponía de buen humor y ya no hablaba tantas tonterías de comparar las razas, salvo cuando estaba borracho.

Yo empecé a sospechar que el resto de trabajadores también había hecho pacto con el Muqui, ya que empezaron a ganar tanto como nosotros, pero se malgastaban su dinero en placeres fugaces de esta corta vida.

Yo, con el dinero que gané, pensando en el futuro de mis hijos, compré unos terrenos en La Oroya y hasta me dio para un localcito en Huancayo.

A nadie le dije nada del pacto con el Muqui, ni a mi mujer, pero justo en esos meses, llegó una prima mía de Huanta que sabía leer las cartas y ver el futuro en las hojas de coca.

Mineros y Muquis.

Fue así que no pude resistirme más y le dije que me las leyera. Grandes fueron mis sorpresas y desconciertos cuando me dijo lo que había visto en las hojas sagradas.

Dijo:

-Sale que estás en falso ascenso. Mientras más arriba llegues, más fuerte será tu caída. Deshazte cuanto antes de ese pacto que has hecho, porque tu vida y la de tu familia corren peligro. La Hoja ha hablado.

Le expliqué a mi prima bruja cómo había sido todo y ella me dijo que esa misma semana hablara con el pequeño demonio de los socavones.

Al día siguiente, hallé al Muqui junto al bolso de coca que le había dejado para esa semana. Le dije:

-Amigo Muqui, ya no puedo trabajar en esta mina. Me han ofrecido un trabajito allá, en La Oroya, y no quiero desaprovecharla…

-¡Para mí no hay secretos, Temoche! –gritó el Muqui–. No me vengas con mentiras. Pero está bien, romperemos el pacto si así quieres. Has sido un hombre cumplido y honesto. No te has gastado tu dinero en diversiones, alcohol y mujeres, pero eso sí, vete lo antes posible y no regreses más a esta mina o te arrepentirás.

Al poco tiempo, salió en las noticias que esa mina se había derrumbado y acabado con la vida de 200 mineros. Felizmente mi amigo Vilcas estaba de permiso y no se murió. En cambio, el cuerpo de José Herrera nunca más fue encontrado. Se lo había tragado la tierra junto a toda su ambición.